Reseña de la novela “El silencio de los abedules”. Entre el saber, el amor y la brevedad de la vida.

El Nacional, 13 Abril, 2019
por Héctor Silva Michelena

El silencio de los abedules
El título es el mismo de una novela, publicada muy recientemente, febrero de 2019, por Editorial Punto y escrita por la profesora Carmen García Guadilla. La autora nació en Palencia, Castilla la Vieja, España, y desde los 12 años vive en Venezuela. Se graduó de psicóloga en la Universidad Católica Andres Bello; en CENDES, Universidad Central de Venezuela, hizo su maestría en Estudios del Desarrollo; realizó su carrera docente y, sobre todo, de investigación orientados, principalmente, al estudio comparado de las universidades en el mundo. Obtuvo título de magister en Stanford University (EE. UU), y de doctorado en la Universté René Descartes (Francia). Sobre el tema universitario tiene publicados ocho libros, y es consultora internacional sobre educación superior, donde ocupa un lugar eminente. Fue la coordinadora regional del estudio Pensamiento Universitario Latinoamericano, de Unesco.
Esta novela es su opera prima en este campo de las letras. ¿Cómo llegó una investigadora y ensayista, que no se sentía escritora a escribir una novela? La clave la da la propia García Guadilla al final del libro. El lector encontrará allí una “Nota de la autora”, que se inicia así. “Nací en una casa donde mi abuela paterna me decía frecuentemente: ‘en esta misma calle, al final, se hallaba la primera universidad de España”. Era la Universidad de Palencia, fundada en 1212, seis años antes que la famosa Universidad de Salamanca. Se estima que aquella universidad se extinguió alrededor de 1265, por lo que apenas duró 53 años. ¿Por qué? No lo sabemos.
Continúa la autora en su Nota: “Después de escribir varios libros académicos sobre estas instituciones, me interesé por conocer y escribir cómo había sido la universidad a la que mi abuela se había referido. Escogí la opción de utilizar la obra de los historiadores para escribir la presente novela histórica”. Y a fe mía que logró su objetivo: despertar y estimular el interés por este género de obras, donde se cuenta cómo fueron las primeras universidades, y el gran papel que han jugado en la creación y desarrollo de conocimiento. Como se sabe (no todos, hoy en día, en Venezuela), la Universidad cumple una función transecular, que, a través del presente, va del pasado hacia el futuro; tiene una misión transnacional que ha conservado pese a ciertas cerrazones nacionalistas de algunos países; en fin, la Universidad dispone de una autonomía que le permite llevar a cabo estas misiones.
La trama de la novela narra la historia, conflictos, búsquedas, acciones y pasiones de un joven estudiante alemán, venido de Würzburg, que pertenece (de mayor a menor) al estado Bayern, al condado Unterfranken y al distrito Würzburg. Su nombre no es Törless, como el atribulado estudiante de Robert Musil, asombrado porque su profesor de matemáticas dio una clase sobre números imaginarios. Su nombre es complejo: Jürgen-Rilke Sloterdijk, que evoca a tres grandes figuras de la literatura: Ernst Jünger, Rainer-Maria Rilke y Peter Sloterdijk, filósofo. ¿Casualidad? No sé, no lo creo.
Es hora de afirmar que El silencio de los abedules es una muy buena novela histórica que, por lo tanto, no se inscribe en ninguna de las tres tendencias estéticas que señala Jesús Suárez en su excelente trabajo titulado “Caminos de la novela venezolana actual” (octubre, 2014, en el blog undiasea.blogspot.com), que son: la esteticista, la realista y la excéntrica. Hay, sin embargo, un elemento común de gran significación, y Suárez lo remarca con claridad. Escribe: “Otro elemento que aportó una buena dosis de vitalidad a la ficción venezolana contemporánea fue la aparición –o consolidación en otros casos- de un importante grupo de narradoras. Ya en la última década del siglo pasado se podía constatar que algunos de los más importantes títulos novelísticos o cuentísticos estaban firmados por mujeres”. ¡Enhorabuena!
Esta novela histórica que, aparte de las magníficas El exilio del Tiempo, de Ana Teresa Torres (Monte Ávila Editores, 1990), Entre amargo y dulzón, de la tempranamente fallecida Michelle Ascencio (Editorial Alfa, 2002, y el El pasajero de Truman, de Francisco Suniaga (Mondadori, 2008), aparece en estos días difíciles para la cultura, se desarrolla en el siglo XIII español, tiempo de catedrales, de traducción de libros olvidados, de trovadores y juglares. En este lapso del fin del medioevo e implantación indetenible del Renacimiento, nacen las primeras universidades (excepto la de Boloña (que se fundó en el siglo XI), en las que estudiantes de distintos reinos europeos se comunicaban en una misma lengua, el latín. También fue esta una época turbulenta, marcada a hierro por las cruzadas, templarios, cátaros, inquisiciones, guerras sangrientas y caminos peligrosos.
En ese ambiente tiene lugar – se lee en la contraportada – la conmovedora historia de Jünger, apasionado por el conocimiento quien, en medio del palpitante siglo que le tocó vivir, asiste a dos de las primeras universidades europeas, la de París y la de la castellana ciudad de Palencia. Al mismo tiempo, Jünger se ve involucrado en insospechados sucesos, amores truncados y andanzas temerarias. Un destino inesperado le enseñó lo subjetivo de la brevedad de la vida.
Un rasgo importante de la novela es la coexistencia de personajes históricos, reales, con personajes de ficción. En este sentido, cabe apuntar que mucho más que la libre recreación de un personaje real que ha dejado su huella en la historia – como Gonzalo de Berceo (1190-1264), considerado el máximo representante de Mester de Clerecía -, la invención de un personaje “histórico ficticio”, como el del estudiante Jünger, era mejor prescindir de datos y comprobantes. En el primer caso, el novelista, para tratar de representar el personaje en toda su amplitud, deberá estudiar con minucia los documentos históricos existentes sobre su personaje. En el segundo caso, el de Jünger, para dar a su personaje ficticio esa realidad histórica, condicionada por el tiempo y lugar, y a falta de lo cual “la novela histórica” no es más que un baile de máscaras, bien logrado o no, el novelista sólo puede contar con los hechos y fechas de la vida pasada, es decir, de la misma Historia. Este dilema lo vio con nitidez la novelista, y lo resolvió bien, a mi juicio.
García Guadilla exhibe un buen manejo del lenguaje, y de la lengua, crea imágenes hermosas y el enlace temporal entre los personajes, su circunstancia y la época, no deja nada que desear. Aunque no es su propósito, hay una crítica subyacente en el arte de la obra. Como escribía Thomas Mann: “Un arte que se sirve del lenguaje como instrumento producirá siempre creaciones extremadamente críticas, pues la lengua es en sí misma una crítica de la vida: la nombra, la toca, la designa y la juzga, en la medida en que le otorga vida”.
Uno, que ha sido estudiante universitario, se siente ligado a la vida y destino de Jünger, su condiscípulo, su cómplice de pasiones, incertidumbres, temores y búsqueda del conocimiento. Como lector consecuente, recomiendo leer esta novela, que acerca al lector a un período relevante de la Edad Media, donde las universidades rivalizaban con la hegemonía que habían tenido los monasterios como principales depositarios del saber.
A propósito, recomiendo leer los escritos del filósofo de Aquino, y en Literatura Europea y Edad Media Latina (F.C.E., México, 1976, II vols.), del gran filólogo y romanista alemán Ernst Robert Curtius (1886-1956). En el segundo volumen, Curtius analiza los recursos estilísticos trasmitidos por la Antigüedad pagana o cristiana y remodelados por los poetas latinos de la Edad Media; culmina en pasajes de Dante para hacernos ver cómo casi toda la prodigiosa obra de Dante y una parte esencial de la literatura española del Siglo de Oro son incomprensibles si se olvida la literatura medieval.
Héctor Silva Michelena,   [http://hesimiorvana.blogspot.com/]