Inmigrantes y refugiados, los parias de la tierra (por Carmen García Guadilla)

Ellis_island_1902Pensar en los inmigrantes es sentir escenas dramáticas y muy tristes, cualquiera sea la época, cualquiera sea el país, cualquiera sean los personajes.

Hoy recuerdo el poema de Mi Padre el Inmigrante, del venezolano Vicente Gerbasi. Este poema me trajo el recuerdo de la Fascinante historia del padre del Maestro Abreque reseñé en este mismo blog; y todo esto me llevó al recuerdo de la  Canción Húngara del Emigrante, de la zarzuela Alma de Dios, que le gustaba mucho a mi padre.

Mi padre el inmigrante, de Vicente Gerbasi

(El padre de Vicente Gerbasi, a quién está dedicado este poema, nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del Mar Tirreno, y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca del Estado Carabobo)

Venimos de la noche y hacia la noche vamos.               
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores, 
donde vive el almendro, el niño y el leopardo.               
Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos, 
con volcanes adustos, con selvas hechizadas               
donde moran las sombras azules del espanto. 
Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses,               
solos en la tristeza de lejanas estrellas. 
Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan               
ráfagas seculares. 
Atrás quedan las puertas quejándose en el viento.               
Atrás queda la angustia con espejos celestes. 
Atrás el tiempo queda como drama en el hombre:               
engendrador de vida, engendrador de muerte. 
El tiempo que levanta y desgasta columnas,               
y murmura en las olas milenarias del mar. 
Atrás queda la luz bañando las montañas,               
los parques de los niños y los blancos altares. 
Pero también la noche con ciudades dolientes,               
la noche cotidiana, la que no es noche aún, 
sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas               
o pasa por las almas con golpes de agonía. 
La noche que desciende de nuevo hacia la luz,               
despertando las flores en valles taciturnos, 
refrescando el regazo del agua en las montañas,               
lanzando los caballos hacia azules riberas, 
mientras la eternidad, entre luces de oro,               
avanza silenciosa por prados siderales.  CONTINÚA…

Link: Canción Húngara del Emigrante, de José Serrano y cantada por Alfredo Kraus.